El Prado de la Vega que no existe: cómo la expansión urbanística borra Ventanielles Alto y La Monxina

En los márgenes de muchas ciudades, la transformación urbana no solo altera el paisaje físico: también reescribe la memoria colectiva. En Oviedo, ese proceso tiene un ejemplo especialmente revelador en el uso del nombre “Prado de la Vega” para designar un espacio que históricamente ha sido otra cosa: Ventanielles Alto, Matalablima y los prados de La Monxina.

El problema no es solo el cambio de nombre. Es algo más profundo: una forma de colonización cultural del territorio, en la que los intereses urbanísticos no solo construyen edificios, sino también relatos.

Nombrar es poder. Quien pone el nombre define la realidad. “Prado de la Vega” no surge del uso vecinal ni de la tradición oral. Es una etiqueta impulsada desde planes urbanísticos, promotoras y operaciones institucionales. Suena amable, abierta, incluso bucólica. Pero precisamente por eso funciona: porque no arrastra historia incómoda, ni identidad obrera, ni memoria concreta.

Sin embargo, hay un hecho clave que desmonta la naturalidad de ese nombre: los auténticos Prados de la Vega estaban varios cientos de metros más abajo. No coincidían con el espacio que hoy se comercializa bajo esa denominación. Existía una delimitación real, reconocible, vinculada al territorio.

Lo que ha ocurrido no es una evolución del lenguaje, sino un desplazamiento. El nombre se ha expandido artificialmente hasta cubrir zonas que nunca formaron parte de él. Ventanielles Alto —con su historia ligada al crecimiento urbano popular—, Matalablima y los prados de La Monxina —con su pasado rural y su toponimia propia— han quedado absorbidos dentro de una marca urbanística homogénea.

Ese desplazamiento no es inocente. Cuando un topónimo se amplía más allá de su lugar original, no solo se reorganiza el mapa: se reorganiza la memoria. Lo que antes tenía identidad propia queda diluido en una denominación genérica, diseñada más para vender vivienda que para conservar la historia del territorio.

Ventanielles Alto no es solo un nombre antiguo. Es la expresión de un proceso social: de barrios que crecieron con sus vecinos, con migraciones, con redes comunitarias. La Monxina tampoco es un vacío previo a la urbanización: remite a los “prados de Monxuan”, a un paisaje con nombre, uso y significado. Incluso Matalablima, hoy casi borrada del lenguaje cotidiano, formaba parte de esa geografía viva.

“Prado de la Vega”, en cambio, no cuenta nada de eso. Es un nombre limpio, intercambiable, sin raíces. Y ahí reside su utilidad: permite construir un relato de novedad permanente, como si el barrio naciera con las grúas y no tuviera pasado.

Las constructoras no solo levantan edificios; construyen imaginarios. Y ese imaginario necesita eliminar lo que no encaja. Lo viejo, lo popular, lo complejo o lo difícil de vender se sustituye por una narrativa de modernidad, orden y oportunidad. No se transforma Ventanielles: se crea algo “nuevo”. No se urbaniza La Monxina: se “desarrolla” un barrio.

Este proceso tiene consecuencias reales. Al desaparecer los nombres tradicionales, se debilita el arraigo. Se rompe la transmisión de la memoria entre generaciones. El territorio deja de ser un lugar vivido para convertirse en un producto. Y lo que no se nombra, acaba por no existir.

Además, esta colonización nominal suele presentarse como inevitable. Se habla de progreso, de regeneración, de futuro. Pero rara vez se plantea una pregunta básica: ¿quién decide cómo se llama un barrio? Porque esa decisión no ha sido colectiva ni vecinal, sino estratégica.

Las ciudades, por supuesto, cambian. Pero hay una diferencia entre transformar e imponer. Entre integrar lo nuevo en una identidad existente o borrar esa identidad para empezar desde cero sobre el papel.

Decir Ventanielles Alto, decir La Monxina, decir Matalablima no es un gesto nostálgico. Es un acto de precisión histórica y de resistencia cultural. Es recordar que los barrios no nacen cuando llegan las promotoras, sino cuando la gente los habita, los nombra y les da sentido.

Porque al final, la cuestión no es solo geográfica. Es política y cultural: si aceptamos sin más los nombres que vienen impuestos desde fuera, también aceptamos la versión de la historia que los acompaña.

Y en ese relato, demasiado a menudo, los barrios dejan de tener memoria para convertirse simplemente en suelo.

La Monxina en Oviedo